
Pero lo que más me fascina de los perros es su capacidad de escoger a sus compañeros. Se huelen el culo y perciben al instante un amo pobre o rico. Y el día que descubrí esto, decidí escoger a mis amigos por el olor de su trasero. Si los perros lo hacían no debía ser mala idea. Laura olía a neutra, la verdad, nunca se metía en problemas. Eduardo desprendía una aroma de familiaridad, con los años se convirtió en mi mejor amigo. En cambio, Martín tenía un olor agrío, como todos los golpes que nos daba a la hora del patio. Cuando ya llevaba dos semanas comprobando las intenciones de mis compañeros olfateándoles el culo, entré un día a clase y me encontré con mi profesora y mis padres con caras de preocupación. Mi padre me miró y me dijo: Rodriga, ¿por qué hueles culos? y en seguida me di cuenta que era mejor no explicar mi teoría perruna, o sea que respondí nada es un juego, pero ya lo he terminado. No os preocupéis.
Pero durante muchos años, cuando alguien me daba mala espina, me las ingeniaba de un modo u otro para olerle el culo. Y os lo digo en serio, mi instinto perruno nunca me ha fallado. Y aún hoy cuándo alguien me pregunta cuál es mi animal preferido digo que es el perro. Sin duda alguna.
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